Aviso de Angustia

Sin mucho esfuerzo logro combatir las ganas de sentirme libre. Buscando compañía locamente no hago mas que cagarme la vida odiosamente. Soy un culo al que hay que penetrar. Busco quien me trate como lo que merezco: como un agujero, un orificio donde se deposita la rabia.

Llego donde Mario cabizbajo, no le miro a los ojos. Él sabe a lo que voy, sabe lo que quiero y de lastimosa pena me lo entrega. Me siento en la cama, me ofrece té, me pregunta como estoy y se va a la cocina. No profiero palabra, él sabe que el ritual es así y conoce las consecuencias de que yo abra la boca, sabe que si sucede de mi no saldrán mas que lagrimas patéticas, soledad absurda y el típico y descontrolado llanto. Me hace cariño en la cabeza, me la menea un poco con su gran mano. Yo se que Mario me quiere, pero para mi él no existe, para mi él es tan prescindible como el té de mala calidad que me ofrece, que por cierto no pruebo y dejo en el velador inmediato al costado de la cama. Me recuesto de lado, con los pies aun tocando el piso. Me saco los zapatos y miro la luna por la ventana lindante sobre la cama. Mario toma mis pies, los besa mientras libera esbozos de palabras, algo así como que mis pies le encantan, que son hermosos como yo. Me desabrocha el cinturón y me quita los pantalones, besa mis piernas mientras yo prosigo conversando con la luna silente, y miro las nubes pasando tridimensionalmente. Mario es activo en un cien por ciento, por lo que ignora mi pene, no le molesta su inerectilbilidad, la comprende callado, la ignora y sé mas le gusto por aquello. Me quita la polera con ambas manos interrumpiendo mi sueño con la luna en rosetón, me devuelve al mundo real, a su habitáculo sucio, en desorden celeste. Miro el techo mientras levanta mi culo y mis piernas arqueando mi dorso. Entre mis pies miro la ampolleta desnuda y a una polilla que le coquetea. Siento su lengua en mi ano, como impele y bailotea. Me chupetéale culo, besa mis nalgas mientras acaricia mis piernas con una mano y con la otra formando un pivote con el codo sobre la cama y la palma en mi coxis. Escucho el eco de su voz en mi nalgatorio algo absorbido por la saliva que la cubre. Me siento un objeto, y me propongo análogo a aquello mentalmente. La conducta normal y calentona de Mario cambia, se altera, enloquece. Se quita el pantalón violento y veloz, como desesperado por penetrarme, por sentirse uno conmigo. Me gira y dice, como siempre, que no le gusta verme a la cara cuando me la mete. Yo languidecido en la cama, permito que me voltee con la fuerza de sus grandes y morenas manos. Lo hace de un solo movimiento, y mientras, yo supongo, se pone el condón y se lubrica, me golpetea las nalgas susurrando algo parecido a “si, eso, coloraditas las quiero”. Ahora yo miro las sabanas blancas y gastadas, Mario me penetra. Confieso que me duele pero no se lo demuestro, no me corresponde, solo quiero que termine pronto. Lo saca, dice que falta lubricación mientras yo giro la cabeza para mirar la celeste pared. Con una mano me abre el ano como quien hurguetea una vagina, mientras con la otra orienta su enormísimo y grueso palo, recién relubricado, para que no pierda el rumbo y llegue a destino de una sola embestida, lo logra, y me agarra de las caderas con ambas manos para presionarme contra él. Me contraigo y me sostiene de los oblicuos y dice que le encantan, me felicita por ser un hombre fuerte y delicioso. Atino a decirle que siga así, que lo quiero mas adentro. Él se ríe, y me golpetea con sus caderas con más fuerza. Hacia dentro y afuera, adentro y afuera, mete y saca. Me acuesta cosa que mi abdomen toque la cama, y se recuesta encima mío, descansa en mi espalda, lame mi cuello, acaricia mi pelo con su mano, mientras su otro brazo rodea mi hombro derecho, como reteniéndome para que no me escape, todo mientras contonea sus caderas sobre mi culo. Yo me siento protegido, cobijado por su enorme cuerpo que me cubre, me abraza. Solo por esos pocos minutos dejo de sentirme solo y me abandona la melancolía. Son estos dulces minutos los responsables de que yo regrese a esta cama, de que yo recaiga. Mario eyacula, me avisa, saca su pene de mi culo y me lo limpia. Dice que le gusta verme el culo, que es perfecto, hermoso, simétrico, que tengo la cantidad justa de pelos y piel, y que el blanquecino color uniforme con mi espalda son maravillosos. A mi no me interesan sus comentarios. Me enrosco al rincón y miro la luna nuevamente. Mario apaga la luz y se recuesta a mi lado de espaldas al colchón. Se duerme y yo quedo ahí, conversando con la luna toda la noche.

3 comentarios:

Dámaso Bahamondes dijo...

Realmente tu escrito me angustio, senti una pena tremenda en el relato del acto mismo, me imagine los ojos, la luna, el compromiso de ser complacido y complacer, excelente socio.-

besos.-

Eddo dijo...

Yo quedé meditabundo!
no me corresponde explicar porqué
siento que la historia revoca toda opinión de mi parte.
Pero en un principio la historia me toca!...

Excelente :)

Domo-Kun dijo...

Jajaja.
Me pregunto si tus escritos son reales

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